30 de agosto de 2016

Y la novela para cuándo.


Por desgracia, para muchos simples e imperfectos mortales, escribir algo no se limita únicamente a aporrear el teclado y vivir felices con lo que salga. Hay afortunadas criaturas en el mundo a las que les vale liarse a cabezazos con las teclas para escribir una obra maestra (o lo que ellos consideran que es una obra maestra); pero no todos aquellos que aspiramos a la escritura somos tales Maestros de las Letras.
Hay gente inútil como yo que tenemos que pensar, meditar e incluso esperar de vez en cuando un halo de inspiración que nos permita crear algo decente aunque sea para nosotros mismos. Y a veces ese lento proceso de creación es más largo del que nos gustaría. Así que, personas del mundo que no escribís, cuando preguntáis con cierta desesperación o desprecio cuánto nos queda para terminar nuestra obra, recordad una cosa: más desesperados estamos nosotros.
Así que hoy vengo yo, más chirimoyeante que nunca, a hablaros de los dramas de aquellos que aspiramos a ser escritores pero todavía andamos a medio camino.



Escribir es una aventura muy bonita, emocionante y fascinante, pero está llena de momentos de frustración que pocos fuera de este mundo conocen.
Muchas personas no muestran interés o, si lo hacen, más vale que se queden callados y sentados en el salón de sus casas. Al escritor le encanta hablar de su obra y podría pasarse una eternidad sin cambiar de tema; hasta que recibe los primeros desengaños y empieza a mostrarse reacio a abrirse al resto del mundo. Vemos las caras de hastío y poco interés y cada vez nos da más reparo sacar incluso el tema. Y ya, cuando nos vienen con las preguntas sobre nuestros avances o tardanzas, nos queremos ahorcar.
Esto provoca que el dramatismo aumente más, porque ya no sólo recibimos nuestro propio castigo cada vez que pensamos que no avanzamos o que lo estamos haciendo mal; también se añade la presión social ya sea por el desinterés o por la sensación de inutilidad que algunos nos transmiten.
Por eso muchas veces nos quedamos callados o apenas damos detalles sobre nuestra escritura, porque conocemos la reacción generalizada y somos conscientes de que no está bien visto decir que llevas más de dos años escribiendo una novela y todavía no la has terminado.
Y, ya que estamos aquí todos reunidos, os diré por qué tardamos tanto.

Voy a aclarar, antes que nada, que siempre hablaré de escritores aunque no sea la profesión oficial. Al igual que quien dibuja es dibujante y quien canta es cantante; quien escribe es escritor.

 — La mayoría de escritores tienen una vida que se considera más importante que escribir: estudios o trabajo o factores personales/familiares, etc. Así que escribir es un hobby que se deja para los momentos de tiempo  libre. Si el tiempo te sobra, magnífico. Pero hay ocasiones en las que alguien apenas puede presumir de tener un par de horas que dedicar a teclear.
 — Las ideas hay que desarrollarlas. Al principio todo está bien en tu cabeza, hasta que te das cuenta de que tienes que almacenar demasiadas cosas. Escribir improvisando suena muy bonito, pero casi siempre sale mal. Y ese desarrollo, boceto y esquema requiere tiempo.
 — Los personajes no se crean solos. No miras un día debajo de tu cama y te encuentras a todo el elenco de tu novela listo para que lo uses, con su historia, personalidad y físico. Hacer personajes medianamente buenos lleva su tiempo.
 — La novela tiene un mundo. En ocasiones es todo realista y actual y aun así requiere un mínimo de trabajo de investigación. Si estás escribiendo una novela en un mundo creado desde cero; este trabajo se multiplica. Hay que crear un mapa (como mínimo), listas infinitas de personajes, una historia, un pasado, presente y futuro; razas, especies, lenguaje; sistema político, económico y social, etc, etc…
Y, aunque no os lo creáis, no hay que esperar a una novela de fantasía para realizar tanto trabajo. Todo tiene un trasfondo que raramente se ve y se valora. Y muchas veces hacer ese trasfondo lleva más tiempo que la escritura de la novela en sí. Así que si alguna vez le preguntáis a un escritor cuánto lleva escrito y te dice que el prólogo de dos páginas; piensa que a lo mejor lleva cuatro años moviéndose entre bambalinas.
 — Todo tiene que tener sentido. Hay que pensar hasta el más mínimo detalle. Pocas veces gusta dejar las cosas a la aventura y cada paso realizado en la novela está pensado, sabemos qué repercusión tendrá y por qué ocurre de una manera y no otra. Y no es tan fácil calcular que lo que ha ocurrido en la página 15 tendrá sentido en la página 112. Y todo esto sin que ocurra nada entremedio que altere dichos sucesos.
 — Hay que obligarse a escribir. Otras veces la inspiración es lo único que nos mueve. Cuando las musas están remolonas, no hay nada que hacer. Por eso muchas veces transcurren meses de sequía en los cuales apenas el escritor es capaz de completar una página. Es frustrante. Muy frustrante. Hay que descubrir motivaciones y crearse una rutina; pero hasta que ese momento llega, se pasa muy mal. Y la rutina no es tan fácil, básicamente por el punto uno.
 — A veces los personajes se te van de las manos, hacen lo que quieren y te rompen todos los esquemas. Suena absurdo, pero ocurre. Toman vida propia y deciden que, en lugar de ir por la izquierda, que es como estaba pensado; van a tomar el camino de la derecha. Y lo peor es que el escritor, creyendo que está sumamente inspirado, los dejará hacer hasta que nadie sepa cómo continuar. Y corregir la anarquía de los personajes es bastante difícil.
 — Llevas 100 páginas, relees y ves que no te gusta. Lo borras y empiezas de cero. Escribes 400 páginas, y un golpe de inspiración te hace ver que no está bien. Lo borras y empiezas de cero. Llevas 56 páginas, una noche antes de dormir se te ocurre una idea genial. Lo borras y empiezas de cero. Escribes 389 páginas. Lo lees otra vez, no te gusta. Lo borras y empiezas de cero.
Así todas las veces que quieras, con la misma novela. Yo misma, por ejemplo, voy por el cuarto o quinto proceso de reescritura (desde cero) de una novela.
 — Tienes que hacer el borrador. Rellenarlo y corregirlo. Lo lees. Lo corriges. Lo vuelves a leer. Lo vuelves a corregir. Leer. Corregir. Leer. Corregir y añadir cosas. Leer. Corregir. Leer. Corregir y quitar cosas. Leer. Corregir, añadir y quitar. Leer. Leer. Leer. Leer.
Al final te acabas aprendiendo tu novela de memoria. Pero hay que releerla mil millones de veces. Y nunca serán bastantes. Además, muchas veces hay que dejar pasar un tiempo entre una lectura y otra para que tu mente se despeje y refresque.
 — El escritor muchas veces deja de escribir por voluntad propia porque tiene dudas. La novela no va bien, o cree que tarda mucho, o empieza a creer que esa novela no está hecha para él, o lo que sea. Y esos casos se repiten mucho y duran más de lo que deberían.
 — No todo sale a la primera. El trasfondo no está bien a la primera. El esquema no está bien a la primera. El boceto no está bien a la primera. Los personajes no están bien a la primera. Improvisas algo que te gusta y trastoca el 25% de la novela y hay que cambiarlo. Hay una cosa que no apuntaste, se te pasa por alto y cuando relees ves que no lo has tenido en cuenta y nadie actúa en consecuencia…
 — Al escritor se le cruza una idea salvaje y saboteadora; ya sea argumento para una nueva novela o la genial ocurrencia de que dos personajes suyos quieren entregarse al fornicio. Cuando esto ocurre hay que abrir documento Word aparte y desahogarse antes de liarla parda en el manuscrito original. Estas cosas ocurren mucho y dejarse ir requiere una pérdida de tiempo considerable.
 — El escritor se emboba, fantasea y se va por las ramas. A veces perdemos mucho tiempo imaginando qué actores interpretarían a nuestros personajes; buscando bandas sonoras; imaginando un videojuego multiplataforma de nuestra novela, creando redes sociales ultra personalizadas de nuestra novela, etc, etc… De todo menos escribir. Pero, eso sí, siempre cosas relacionadas con nuestra historia.

Hay personas muy afortunadas (esto tiene un nivel moderado de ironía) a quienes se les ocurre una idea; empiezan a escribir y en dos meses ya tienen una novela acabada, a la primera. No hay trasfondo tangible, los personajes han salido solos, no han tenido que borrar nada ni una sola vez, no se han frustrado nunca, se han movido únicamente por una inspiración inagotable. Todo bien, todo perfecto. A lo mejor su novela es un churro o a lo mejor es una maravilla (objetivamente, casi siempre es mierder); pero ahí está, dándote en los morros recordándote que están publicadas mientras tú sigues pensando si el pan que vende la tienda que está justo debajo del bloque de pisos donde vive tu protagonista parece chicle a las tres horas o no.

Y si ya a todo esto sumamos que eres una Chirimoyo errante que pierde el tiempo escribiendo estas entradas kilométricas en lugar de estar liada con su novela, pues apaga y vámonos.
Espero que mis palabras os ayuden a comprender el sufrimiento del escritor y lo tengáis más en cuenta cuando lo veáis titubear a la hora de hablar de su novela u os diga que en tres años lleva dos capítulos de cinco páginas.
Y si lo vais a presionar, que sea para darle ánimos y que siga escribiendo, no para preguntarle cuánto le queda o cuándo va a publicar (por cierto, más nos gustaría a nosotros saber esto último). Un empujón o una palmadita le viene de maravilla a todo el mundo, pero ‘¿y la novela para cuándo?’ os lo podéis meter por el recto.



¿Y  tú qué opinas? ¿Aspiras a ser escritor? ¿Vives estos dramas o la novela fluye por ti sin dificultad? ¿Comprendes mejor la tragedia de escribir? Estaré más que encantada de leer tu comentario.

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